5 de mayo de 2013
Filosofìa de la ciencia y de la tècnica: las formas de la lectura.
Cómo llevar un paraíso en el bolsillo
Por Ariel Torres | LA NACION
El jueves empezó la Feria del Libro. Van 39 ediciones. Recuerdo cuando empezó. Era un adolescente entonces, y ya estaba irremediablemente enamorado de la lectura.
Dos días antes, el martes, se celebró el Día del Libro y del Idioma. La fecha fue elegida porque el 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes y Shakespeare (y Garcilaso El Inca). En rigor, Cervantes murió el 22, pero su deceso fue registrado el 23.
Sin embargo, casi 400 años después -más de 550 desde la invención de la imprenta de tipos móviles- el libro está en un entredicho. Entre el video (parece que sin video no podemos entender ni cómo se usa el control remoto de la tele) y el e-book, al libro de papel se le adjudica un cierto tufillo a pasado de moda.
Ya he dicho en otra columna que lo que importa no es el libro, sino la lectura ; incluso he trazado las diferencias entre el papel y el e-book . Pero me viene quedando algo en el tintero, si me permiten el arcaísmo.
Es algo que no tiene que ver con la utilidad de leer. Con Alicia Bañuelos hablamos largo y tendido, este verano, sobre la misión fundamental de la lectura en la formación de un individuo. Pero esta vez no me voy a centrar en ese aspecto, pese a su urgente importancia. Desesperante importancia, me atrevo a decir.
Hoy quiero responder una simple pregunta. ¿Por qué leemos? Quiero decir, los lectores impenitentes, ¿por qué leemos? ¿Porque es útil? ¿Para volvernos más cultos? ¿Más inteligentes?
No, señor.
Leemos por placer.
HELADO DE CHOCOLATE
Suena trillado, ya lo sé, pero no lo es. Porque cuando se habla del placer de la lectura, hoy se lo hace con una asepsia quirúrgica. Se habla de este deleite sin la menor convicción, y esto se nota, los lectores lo notamos. Es raro que se afirme que el helado es placentero, ¿no? A lo sumo, un fabricante dirá que sus helados son los más ricos del planeta, pero nada más. Todo el mundo sabe que comer helado da placer. No hace falta mencionarlo. Entonces, ¿por qué se habla del placer de la lectura? Peor: ¿por qué se lo menciona con tanta ceremonia?
Porque es una mera etiqueta, por eso. Si algo está discursivamente apartado de la lectura, en nuestro tiempo, es el placer. El placer -en los mensajes, en el discurso- aparece asociado a otras actividades y objetos, no a los libros, no a la lectura. En los libros está, quizá, la cultura (de pie, por favor), pero no el disfrute.
Por eso, cada vez que alguien me invita a un debate sobre e-books versus libros convencionales me doy cuenta de que desconoce el placer de leer. De otro modo sabría que los lectores consumimos casi cualquier cosa legible, sin importar demasiado el sustrato, la tipografía o la calidad del papel. Nos molesta mucho más una traducción obtusa que una mala encuadernación. O que la impertérrita pantalla de tinta electrónica.
Es cierto que muchos nos inclinamos por el libro tradicional; nos llaman dinosaurios y cosas así. Nunca se preguntan el porqué de esta preferencia. Nos prejuzgan nostálgicos (¡obvio, si nos gusta leer estamos obsoletos!). Pero nada que ver. La preferencia por el libro de papel se debe a que la lectura se disfruta con todo el cuerpo. Leer es un placer sensual.
Reitero: leer es un placer sensual.
Está tan lejos de ser un abstracto ejercicio intelectual como lo están la danza o el escalar montañas. O el helado de chocolate, para el caso.
(Que el texto sea el único capaz de profundizar en las materias más abstractas no hace sino testimoniar la extraordinaria naturaleza de la escritura. Todo bien con el video y las PPT, pero si vamos a hablar en serio de física, matemática, política, historia, filosofía o crítica literaria, por citar sólo un puñado de asuntos, vamos a tener que aventurarnos en extensas jornadas de texto. Es eso o resignarnos a un mero barniz de conocimiento.)
La obra literaria se vive con todo el cuerpo, y así, el tomo de papel, con su peso, su volumen, su textura y su perfume, integra su propia corporeidad a esta experiencia. En cambio, los e-books son textos descarnados, incorpóreos, y sus emisores, los e-readers, huelen, en el mejor de los casos, a plástico; en ellos pesa lo mismo Madame Bovary que Rayuela ; cuesta habituarse a eso.
Pero, como dije, no nos importa demasiado. A la larga, no nos importa. Leer nos causa tanta felicidad que seguiríamos regocijándonos con nuestras páginas favoritas aunque tuviéramos que volver a la arcilla sumeria. Una buena edición ayuda, concedido. Pero este placer es silencioso, eterno e independiente de lo accesorio. Los lectores tendemos a preferir el libro de papel, pero nos enamoramos de los e-books el día que nos damos cuenta de que nos permiten acceder, mediante Internet, a casi cualquier obra publicada. Parafraseando a Borges, es como llevar el paraíso en el bolsillo.
¿Qué sentimos cuando nos sentamos a leer? Como 1000 veces más entusiasmo que cuando se apagan las luces y empieza la película. Eso es lo que hoy vengo a reclamar, el placer de leer, la exaltación que nos proporciona la página impresa. Reclamarlo, digo, porque a la lectura se la trata cada vez más como si fuera un jarabe para la tos. "Tomalo, nene, que te hace bien. No es tan divertido como un video, pero te hace bien."
EL BÚNKER DE PAPEL
Es al revés. Ninguno de nosotros lee por razones pragmáticas. Ni para darnos corte. No leemos porque esté bien leer. Leemos porque nos gusta, así de simple. No le busquen más vueltas porque no las hay. Leemos porque nos causa placer, de una forma muy semejante a como nos causa placer oír música o caminar por la playa o hamacarnos o conversar con amigos.
Compramos libros para leerlos. Parece obvio, pero en ese caso no entiendo por qué cada tanto algún visitante me pregunta: "¿Y vos leíste todo eso?"
Compramos libros para leerlos, y la mayoría de las veces los leemos ese mismo día. O esa misma semana. A veces, es cierto, destrozamos la tarjeta de crédito y no damos abasto para leer todos esos volúmenes enseguida. Pero daremos cuenta de ellos minuciosa y sistemáticamente. ¿Por qué? Porque nos encanta leer. Arrasar una winery, llevarnos un par de Malbec de leyenda y dos kilos de delicatessen que nos envidiarían en Síbaris es un pálido reflejo de lo que los lectores sentimos cuando compramos libros.
Otro mito: no, no leemos todos los días. Cuando estamos atravesando una mala época, con problemas o conflictos, con duelos, con tristezas, no leemos o lo hacemos apenas, tal vez para encontrar una palabra de aliento. Por la misma razón dejamos de oír música y hasta se nos corta el apetito. Cuando uno está mal no tiene ningún ánimo festivo, y para nosotros leer es una fiesta.
Y sí, claro que existe un hambre de lectura. Si alguien no se hace tiempo para leer es porque todavía no ha germinado en él esa hambre, que es voraz, que no admite postergaciones y que a veces se calma con sólo picar algunos párrafos al azar. Por eso, también, cultivamos bibliotecas.
Lo que me lleva a otro detalle que concierne a los e-books. Es muy difícil tener un libro electrónico. En el mejor de los casos son archivos digitales e intangibles. Dadas algunas de sus virtudes, les perdonamos esto, pero a los lectores nos gusta caminar frente a los estantes y tomar un volumen aquí y otro allá, hojearlos, leer una página, una estrofa, recitarla en voz alta. Creo que nadie sabe lo que es sentirse seguro si nunca se refugió entre sus libros.
AH, ESA PREGUNTA...
Pero, ¿qué es exactamente lo que tanto nos gusta de leer? Mire al sujeto que lee. Está casi inerte, lo único que mueve son sus ojos -un poco como el que sueña, aunque por otros motivos- y, sin embargo, está siendo sacudido por imágenes, sensaciones y vivencias. Un buen libro es como una Matrix portátil que se alimenta del más poderoso motor de 3D y efectos especiales de la naturaleza: la mente humana. Si alguien ve en un libro sólo una aburrida secuencia de páginas llenas de letra es que todavía le falta despertar esa facultad dormida en su cerebro.
Los lectores vemos los libros de otra forma. Son pasajes a otros mundos. No ventanas. Pasajes.
Pero esa imaginería que nos transporta a nuevos escenarios y otros tiempos es sólo el comienzo de este deleite. Después está el texto en sí.
¿Por qué veneramos a Cortázar, García Márquez, Rulfo o Saer (y la lista podría seguir por más de una hora, y aun así no sería ni remotamente exhaustiva)? Los veneramos porque el texto bien tejido es una forma de la felicidad. Como nos deleita el aria de la Reina de la Noche, de La flauta mágica , también nos embriagan esas palabras en particular ordenadas en esa secuencia específica, ese enhebrarse de las oraciones, ese delicado tejido cuya naturaleza varía de autor en autor, de obra en obra. Los lectores tenemos en nuestra memoria, clara y distinta, la sensación que nos deja cada estilo, y hemos desarrollado una sensibilidad que es al texto lo que el oído a la música. En no pocos casos, recordamos de memoria los pasajes que nos han marcado para siempre. Los que nos cambiaron la vida.
Y de ninguna manera la lectura termina en eso. Todavía queda ese perturbador poder que tiene el escritor para suscitar nuestras emociones. El leer puede volverse tan intenso que resulta insoportable. Quizás estaba demasiado tierno cuando intenté Crimen y castigo por primera vez, y recuerdo que terminé apartándolo espantado en el Capítulo V. No volvería a esa obra por más de una década, cuando la horrenda impresión que me había dejado aquella escena empezó a desvanecerse. Sin embargo, me basta volver a visitarla para regresar a mis 12 o 13 años y sentir de nuevo, 40 años después, esa violenta repulsión. Tales son las tormentas a las que estamos habituados los lectores.
En este sentido, la poesía alcanza, lo sabemos, las cimas más altas. Leemos y releemos a Dickinson, a Vallejo, a Rimbaud, a Thomas, a Whitman (y muchos más) porque nos empujan hasta los mismísimos límites de la conciencia humana y nos atraviesan el alma y el cuerpo no sólo con las emociones que anhelamos u odiamos, sino también con aquellas que no sabíamos que podíamos sentir.
He releído estos días fragmentos de El paraíso perdido . En mi smartphone. En voz alta, como corresponde. La pantalla táctil y los pixeles se volvieron enseguida insignificantes, transparentes. Desaparecieron y dieron paso a la tremenda voz de un Milton sexagenario y completamente ciego, una voz tan poderosa que viajó 349 años sin atenuarse en absoluto. Ah, y ya que estamos, el smartphone mejoró la experiencia al permitirme buscar con un toque, en el diccionario integrado, las palabras cuyo significado no recordaba. Mire qué cosa. Vino a resultarme más apto para leer un poeta del siglo XVII este smartphone del siglo XXI.
DE RATONES Y OTROS REPTILES
La imagen que suele pintarse de los lectores como ratones de biblioteca es tan falsa como sintomática. Quienes la esgrimen se exponen más de lo que imaginan: se les nota que nunca se asomaron al placer de la letra escrita. Una pena. Se lo pierden.
Casi sin fisuras, el arquetipo del lector es representado por un sujeto timorato, debilucho, un alfeñique de lentes (como si usar lentes fuera un estigma) que lee mucho porque vive poco. Salir a comer, ir al cine, ir a bailar o tomar sol en la plaza sí que es vivir. Leer, no. Por favor.
Pero hay otra cosa. No se me ocurre una mejor forma de vivir la vida que habiendo recorrido las grandes páginas, no sólo porque el que no sabe es como el que no ve, y los libros enseñan mucho, sino, y sobre todo, porque leer es como experimentar muchas vidas, muchas veces, en muchos lugares. A fin de cuentas, ¿cuántos de los que nos critican por vivir poco han sido Ismael en el Pequod? ¿Cuántos fueron Holden Caulfield? ¿Cuántos han sido, en esta vida, Tristán, Isolda, Estanislao e Irene?
***
Leer es útil. Muy útil. Es conveniente y ventajoso. Ayuda a entender el mundo y la vida. Te puede conseguir un mejor empleo y a salir de una crisis; al menos, a sobrellevarla. Leer te forma y te informa, te brinda argumentos, te abre los ojos, te procura perspectiva, te libera del demagogo. Hasta te ayuda a mirar mejor las películas y los videos. A encontrarle nuevos sentidos a tu música predilecta. Se vive más y mejor gracias a la lectura, porque leer es ampliar la conciencia.
Pero, sobre todo y antes que ninguna otra cosa, leer es una dicha...
De "La Naciòn", Mayo de 2013
9 de abril de 2013
Filosofìa y Lògica/Etica: G. Vattimo y el Papa Francisco.
Gianni Vattimo: “El Papa Francisco tiene estilo. Ahora espero que pase a la sustancia”
Comunista y católico, Vattimo es uno de los grandes filósofos de hoy, que mira con lucidez e ironía la religión y el Vaticano. Se entusiasma con Bergoglio y también reclama reformas.
POR GUIDO CARELLI LYNCH - Gcarelli@clarin.com
Expectativas. “Empezar diciendo ‘buenas noches’, ‘buen provecho’ es algo que otros Papas jamás habían hecho”, dice Vattimo.
Un cristiano de izquierda que no pierde las ilusiones
Un comunista católico es por lo menos una rareza, un provocador por naturaleza. Si la Iglesia más reaccionaria levanta la voz, él dirá que “gracias a Dios” es ateo. Pero si se siente acorralado por la izquierda más furiosa y anticlerical, alegará cuánto le debe la razón a la fe. Entonces, lo primero que hay preguntarle al famoso filósofo italiano Gianni Vattimo (creador del concepto de pensamiento débil, seguidor de Heidegger y Nietzsche, autor de una veintena de libros, ex eurodiputado, bautizado, comulgado, confirmado y dirigente de la comunidad homosexual italiana) es si cree o si no cree. “Yo me considero creyente. Porque no estoy convencido de que toda la historia de la espiritualidad humana termine en nada. Lo que dura son las obras –por ejemplo los museos, las obras de arte, los libros–. Y eso ya es un modo de creer, en el sentido de que no todo comienza cuando nazco ni termina cuando muero. El problema es: ¿habrá algo más adentro mío que dure también después? Ni siquiera sé si lo deseo tanto, pero sí lo deseo más por mis seres queridos”, dice este profesor de Hermenéutica nacido en Turín hace 77 años.
Está agotado, lo delatan sus ojos claros y el traje arrugado, en la sede de la Asociación de Docentes de la Universidad de Buenos Aires, la institución que lo invitó junto a la Federación de Docentes Universitarios, para un ciclo de cuatro conferencias en el que hubiera debatido con Jorge Bergoglio. “Justo se me escapó. Se hizo elegir Papa para no debatir conmigo”, bromea Vattimo. Los alrededores del edificio y la Facultad de Medicina y Ciencias Económicas están empapelados con su cara, como si fuera un candidato o una celebridad. La intelectualidad argentina y la latinoamericana lo han adoptado como tal. El todavía se hace las preguntas más sencillas. “¿Existe Dios? ¿Cómo se llega a saber? Estoy convencido de que creo que debo creer en Dios, pero no sé si creo que Dios exista. Creer en Dios para mí significa tomar los textos de mi tradición y pertenecer a ese curso de acontecimientos. Sin esa pertenencia, no estoy ahí. Si Dios existe, mejor. No es que yo esté en contra. Creo que en el origen de mi libertad existe una libertad análoga, sin la cual mi libertad no se explicaría: eso me parece la prueba decisiva. No sé si llamarlo Dios o Jesucristo, pero me siento dependiente de una libertad originaria que en mi tradición occidental judeocristiana se llama Dios y se llama Jesucristo. Pero no puedo encerrar a Dios en un estuchecito. En definitiva; me siento más cómodo creyendo que no creyendo”, contesta por fin Vattimo. Por sus libros Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso, El futuro de la religión, Verdad o fe débil y la periodicidad de sus artículos en la prensa italiana se ha convertido en uno de los analistas más agudos de la política vaticana.
¿Qué opinión y que esperanzas le merece el Papa Francisco?
Me parece un personaje notable. Pero un Papa es siempre un Papa. Hay algo en el catecismo que se llama la “gracia de estado”. Si estudiás ingeniería, el Señor te ayuda con una gracia especial para los ingenieros. Y siendo Papa se tiene cierta gracia de estado –un poco por desgracia– para volverse un reaccionario. Pero se puede ser Papa de muchas maneras distintas. Francisco me parece que comenzó dando mucha confianza, se presenta muy bien. Tiene estilo.
¿Sus gestos significan algo?
Sí, claro, pero los símbolos siempre son poco respecto de los hechos. Empezar diciendo: “Felices Pascuas, buen provecho, buenas noches” es algo que otros Papas jamás habían hecho. Merece atención por ese estilo. Pero a la larga no bastará con eso. Sin embargo, Francisco tiene todos los rasgos para ser un buen Papa.
¿Qué significa ser un buen Papa?
Empezar a desmantelar muchas de las estructuras temporales de la Iglesia que son escandalosas para los creyentes, muchas de las cuales no dependen de la voluntad malvada de alguien, sino que son la incrustación de la historia. ¿Un ejemplo? El problema de los impuestos del clero en Italia, que es un escándalo para los creyentes. La Iglesia no paga impuestos sobre los inmuebles. Eso se podría liquidar suavemente y creo que Bergoglio está en condiciones de hacerlo. No tiene tantas conexiones en la curia porque viene del fin del mundo. Siempre he pensado que mi deber como creyente, modestamente, era tratar de ayudar a la Iglesia a no suicidarse. Que el Papa, en homenaje a la ley del sexto mandamiento, prohíba el uso del profiláctico en tiempos del sida, es homicida. Esas cosas son absolutamente contrarias a la caridad. Espero que Francisco honre su nombre. Que sea más franciscano, aunque es jesuita. Y que transforme en términos de contenido teológico y de gobierno: que intervenga el Banco vaticano, que proclame mujeres-sacerdotes. Por ahora hay un hecho estilístico, que permite esperar. Yo espero que del estilo pase a la sustancia.
Suele decirse que Juan Pablo II ayudó a destruir ...
(Interrumpe) La teología de la Liberación.
Y también el comunismo. Hay quienes dicen que este Papa latinoamericano podría neutralizar los procesos de centroizquierda en América latina ...
Yo espero un Papa chavista ...
No pareciera ser el caso.
El problema no es tanto de ideología. Los Papas siempre se resintieron mucho porque los comunistas dicen que Dios no existe. Qué importancia tiene. Es un problema de ellos. Veamos el fruto de la planta, como decía Jesús. El socialismo latinoamericano –por el momento – es muy respetuoso. Chávez seguía rezando, Castro no tanto, aunque tampoco es enemigo de la Iglesia. Correa, Morales, siguen la tradición de los gobiernos laicos. En Italia, durante mucho tiempo no se podía ser cristiano sin ser democristiano, no se podía ser anticapitalista sin ser ateo. Eso no existe más. No creo eso. Al contrario, creo que la imagen de América latina con la elección de Bergoglio adquirió un peso más grande en el mundo, que también depende de los gobiernos latinoamericanos y sus democracias. No se puede pretender que el Papa haga la revolución comunista. Pero sí puede no hinchar tanto las pelotas... Puede dejar que los gobiernos se organicen y cuestionar las medidas que son malas para los pobres y basta. Sé que no es fácil. También yo trato de apropiarme del Papa. Vattimo se ríe. A pesar de las horas de vuelo y las entrevistas que lo esperan. Sonríe también cuando escucha que el presidente venezolano Nicolás Maduro declaró que su antecesor Hugo Chávez –de quien el italiano es un férreo admirador– lo visitó en forma de pájaro. No cree que esa apelación al misticismo, que se repite en otros países, tenga necesariamente una finalidad electoral o utilitarista. “No, pobrecitos, también pueden creerlo, no necesitan fingir. Los milagros son siempre un poco ambiguos. Lo de Maduro es un poco extravagante. Pero también lo es que la estatuilla de la Virgen llore”, reflexiona. Se pone más serio cuando se refiere a los delitos sexuales que involucran a los curas; los mismos que Juan Pablo II encubrió y que minaron el pontificado de Benedicto XVI. Vattimo no cree que las redes de pedofilia sean exclusivas de la Iglesia, pero espera cambios. “Lo único que se puede sostener respecto del Vaticano es que con su disciplina sexual antifeminista probablemente crea condiciones para esto. El voto de castidad tenía que ver con lo monacal, con la vida en comunidad”, explica. Y enseguida matiza: “No me parece que el gran problema de la Iglesia hoy sea ese”.
¿Y cuál sería entonces?
La necesidad de la idea de una ética colectiva un poco menos sexófoba y una ética económica un poco menos capitalista. ¿Jesús habría tenido los bienes del Vaticano? El Vaticano es uno de los propietarios inmobiliarios más grandes del mundo. En fin, habría que decírselo a Jesucristo.
Usted dijo que si Jesús hubiese sido Papa, también habría renunciado.
¡Por supuesto! ¿Qué te parece?
Usted fue muy crítico de Juan Pablo II. ¿Ratzinger lo desilusionó?
Juan Pablo II era un buen párroco pero un pésimo pontífice. Era una persona agradable, amable, simpática pero francamente hizo una política de destrucción de la nueva teología. Hasta en Italia, donde había una gran diversidad de discusión del mundo católico, ahora no existe nada. Por su parte, Benedicto XVI no había hecho nada. Estaba en contra de los teólogos de la liberación, contra los gays, contra las mujeres-sacerdotes, pero renunciar fue un acto tan fuerte que rescató todo su pontificado.
¿Las guerras de los últimos años tuvieron o no componentes religiosos?
No. Sí hay posibilidades de guerras anticolonialistas que alguien puede disfrazar de guerras religiosas. Es verdad que matan cristianos en Nigeria u Oriente Medio, pero la hostilidad del Islam hacia Occidente se funda en el hecho de que los islámicos se sienten colonizados por Occidente.
Al escucharlo y leerlo es difícil vislumbrar si el mundo se está volviendo más secular o hay un resurgimiento religioso ...
En un mundo secular hay un resurgimiento de la religión. Yo, si tengo una razón para no ser más cristiano, es la existencia de la Iglesia en Italia. Si me liberaran de eso no tendría tantas tentaciones. Mis amigos ateos están en contra de la Iglesia que pretende demostrar la existencia de Dios con las cinco vías de Santo Tomás y pretende, sobre esa base, dictar leyes civiles. Si la Iglesia se disuelve es culpa de la Iglesia, no de los otros. A la gente no le molesta Jesucristo, no quieren oír a los curas, que es otra cosa.
Espera que Bergoglio pase de los “símbolos a la sustancia”. Si se pasa demasiado, ¿podría terminar como Juan Pablo I?
Eso es un problema. Tiene que cuidarse. No debe aceptar ni siquiera un café ...
Copyright Clarín, 2013.
Etica: Josè Luìs Sampedro
Murió José Luis Sampedro, referente de “los indignados” en España
El escritor tenía 96 años. Comandó el movimiento de los jóvenes 'indignados' en materia intelectual por su crítica del neoliberalismo y de los excesos del capitalismo.
Nacido en Barcelona en 1917, el escritor había vivido una parte de su vida en Tánger, en el norte de Marruecos.
El escritor, economista y humanista español José Luis Sampedro, autor de obras como "La sonrisa etrusca", defensor de una economía solidaria y convertido en sus últimos años en referente intelectual del movimiento de 'los indignados', falleció a los 96 años en Madrid.
Sampedro "ha muerto", declaró una fuente de la editorial Random House Mondadori, con la que había publicado sus últimas obras. Defensor de una economía "más humana, más solidaria", Sampedro era "un hombre moral y humanamente comprometido con el mundo que le tocó vivir, algo que demuestra en todas y cada una de sus obras, ya sean ensayos sobre economía y sociedad" o novelas, afirmaba su editor en la reseña biográfica de su libro "La inflación" (2012).
El intelectual falleció en la madrugada del lunes y este martes fue incinerado, precisó a la emisora de radio Cadena Ser su viuda, Olga Lucas. La noticia se conoció tan tarde porque "él pidió morir sin publicidad", explicó su esposa. "Quiero que recuerden su vitalidad, su dignidad y su espíritu de lucha", agregó.
Nacido en Barcelona en 1917, el escritor había vivido una parte de su vida en Tánger, en el norte de Marruecos, y actualmente dividía sus días entre Madrid y el sur de España. De rostro enjuto, mirada viva y blanca barba, pese a su avanzada edad, en los últimos años Sampedro se había convertido -como el franco-alemán Stéphane Hessel, fallecido en febrero a los 95 años- en referente intelectual de los jóvenes 'indignados' españoles por su crítica del neoliberalismo y de los excesos del capitalismo.
"Hay dos tipos de economistas: los que trabajan para hacer más ricos a los ricos y los que trabajamos para hacer menos pobres a los pobres", había dicho en una ocasión el intelectual que en 2011 escribió el prólogo a la edición española de "¡Indignaos!", el libro de Hessel que inspiró movimientos de protesta en todo el mundo.
"Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe", había sentenciado Sampedro en una entrevista con el diario de centro-izquierda El País en junio de 2011.
Nombrado senador "por designación real" en las primeras Cortes democráticas tras el fin de la dictadura franquista (1939-1975), Sampedro, catedrático jubilado de Estructura Económica de la Universidad Complutense de Madrid, era desde 1991 miembro de la Real Academia Española (RAE).
El martes a mediodía, una bandera ondeaba ya a media asta en la sede de esta institución, que se declaró "en luto".
Entre las novelas del prolífico escritor destacan obras como "La sonrisa etrusca" (1985), "La vieja sirena" (1990) o "La densa del drago" (2006).
Pero Sampedro escribió también numerosos tratados de economía como "El mercado y la globalización" (2002), "Economía humanista" (2009), "Conciencia del subdesarrollo" (1973) o "Las fuerzas económicas de nuestro tiempo" (1967), traducido éste último a seis idiomas, según su editor.
Destacan asimismo sus libros compuestos a cuatro manos, como "Escribir es vivir" (2005), obra autobiográfica escrita junto a su esposa, o "La ciencia y la vida" (2008) realizado en colaboración con el cardiólogo Valentí Fuster.
En 2011 Sampedro fue galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas en reconocimiento a su contribución a la literatura española actual.
Loando una carrera de letras "prolífica, desarrollada al margen de las corrientes literarias", el jurado de este premio lo había reconocido como "referencia intelectual y moral de primer orden en la España de la segunda mitad del siglo XX".
Su "sobresaliente trayectoria literaria" y "su pensamiento comprometido con los problemas de su tiempo", le habían valido poco antes la Orden de las Artes y las Letras de España.
Diario Los Andes, abril de 2013
28 de marzo de 2013
Etica Informàtica: La privacidad en las redes sociales.
¿Cuánto vales en Facebook?
¿Por qué el uso de Facebook es gratis? Porque usted paga con sus datos personales. ¿Pero se ha preguntado cuál es su valor personal para la empresa de Mark Zuckerberg?
En realidad, no todo lo que brilla es oro. Que podamos utilizar de forma gratuita una red social como Facebook, se explica por la rentabilización que esa empresa hace de sus datos personales. ¿Qué cuánto vale usted para Facebook? Peter Olsthoorn, un periodista de investigación holandés, ha desarrollado una herramienta que permite determinar su peso en oro para la empresa de Mark Zuckerberg.
En promedio, explica Olsthoorn, cada miembro de Facebook representa $ 115 en valor para los accionistas. Pero este valor aumenta de acuerdo a la extensión y duración que Usted hace de Facebook.
La herramienta de Olsthoorn forma parte del libro "Lo tomas o lo dejas - El poder de Facebook ' ('Take it or leave it - The power of Facebook') recientemente publicado. Lo que ha hecho su autor es dejar al descubierto parte de las entrañas de Facebook, explicando la mecánica de cómo Mark Zuckerberg gana y multiplica dinero con los datos de sus usuarios.
"Me encanta Facebook," reconoce Olsthoorn, "pero quiero que los usuarios sean menos ingenuos sobre el uso de medios sociales.
Olsthoorn: "Facebook es genial y gratis. Vemos cómo las masas se rinden ante la red social, de igual forma que las masas se arrastran ante un líder carismático grande. Facebook cuenta con más de mil millones de miembros; estas personas decidieron ceder sus datos personales. En cualquier esquina de la web, usted encuentra Facebook”.
El botón “like” de FB se encuentra ya en más de tres millones de sitios. “Algo que reporta enormes ventajas para la empresa de Zuckerberg. Le permite obtener una visión más clara sobre quiénes son sus visitantes. Lo que facilita colocar y distribuir la publicidad de FB. Finalmente, FB termina almacenando los datos y determina lo que ocurre", dice Olsthoorn.
Además, los tentáculos de FB llegan a plataformas como Spotify o Skype, dejando al descubierto los datos de millones de usuarios que realizan un intercambio de un archivo musical u otro documento. Son servicios que están vinculados al perfil de Facebook.
Mil millones de usuarios después, el precio que pagamos por utilizar Facebook es nuestra privacidad. Y esto sucede de una manera oculta para nuestro ojo, advierte Olsthoorn. “Todas las opciones de privacidad que nos ofrecen les permiten controlar mejor quién ve qué. Fuera de nuestro perfil visible, FB mantienen un perfil invisible. Es la ´mano´ que determina qué noticias llegan a mostrarse a un usuario en particular, o qué sugerencias de amistad recibe alguien”. Olsthoorn: "No importa los escudos que usted utilice para apartarse de las masas o de los amigos de los amigos, Facebook lo ve todo y lo sabe todo. Crea perfiles sobre la base de esta información y los utiliza para la publicidad".
Concluye Olsthoorn. "Facebook sabe lo que está en tu mente, te conocen, saben lo que te gusta, en qué consiste tu rutina diaria, dónde vives, cuándo usted está en casa o no, cuál es su preferencia política, su orientación sexual, el tipo de música que escuchas, qué sitios visita, qué noticias lee, los juegos que disfruta y cuánto tiempo les dedica. Sólo los dioses y Zuckerberg saben tanto de usted".
El poder de Facebook es tan grande que es la primera potencia virtual del mundo global, sostiene Peter Olsthoorn. Nosotros somos el producto de Facebook. ¿Llegará Facebook a compartir su poder con nosotros?
Pablo Gamez, Radio Netherland Latinoamèrica, marzo de 2013
27 de marzo de 2013
Etica Informàtica: La privacidad en Internet.
"YA VIVIMOS LO MEJOR DE INTERNET", Reportaje a Guillermo "Fierita" Catalano.
Esta nota se hizo en Ushuaia, Las Vegas, San Pablo y New York. A todos esos lugares acompañé a Guillermo “Fierita” Catalano para cubrir diferentes eventos de tecnología. Él lo hizo para su programa Hiperconectados que, gracias a un público fiel, en pocos días arrancará su segunda temporada por Telefé, los sábados a la medianoche. A los 39 años Fierita es una celebridad en Twitter, no sólo por la cantidad de seguidores (al cierre de esta nota llegaba a 834 mil), sino porque es una metralleta de información. Incluso tuitea cuando duerme: deja programados tuits que se disparan automaticamente y que empujan contenido de su sitio Fielinks.com.
También es un apasionado por la tecnología, aunque en realidad, es un entusiasta de casi cualquier cosa. Puede hablar con autoridad de fútbol (fana de Banfield), de medios, de comidas y tragos, de historia, cine, cómics, de Internet, de magia, de política, de juegos y de cualquier otro tema que se le cruce por delante. Su curiosidad no tiene límites y uno se pregunta en qué momento lee tantas materias: “Todas las mañanas leo un extracto (feed) de mis 25 webs favoritas. El resto del día sigo twitter. La clave es seleccionar bien a quién seguir. Libros leo a la noche y en los viajes”.
-¿Cómo nació tu fanatismo por la tecnología?
-Es consecuencia de mi pasión por dos cosas: comunicarme con la gente que no conozco y aprender. A principios de los ´80 mi primo Javier tenía una Spectrum y yo me volvía loco cuando iba a su casa. Nos comprábamos la revista Micromanía y empezámos a programar cosas muy simples en Logo y Basic. Cuando ligué mi primera computadora no paré, me pasaba diez horas por día en la máquina. En el colegio los profesores nos preguntaban a nosotros. Hicimos un software de orientación vocacional en Visual Basic que le vendimos al colegio cuando terminé quinto año.
-Hasta que llegó Internet en los ´90…
-Tenía una XT con módem, nos conectabamos a la red Arpac, a QSD que era un chat de Francia, a Fidonet. En aquellos años conocí a Adrián Korol y a más gente. Formamos una comunidad muy linda en una BBS llamada “Satanic Brain” y llegamos a hackear algunas pavadas. Yo daba ideas, pero no las ejectuaba. Varios de ellos ahora están en Twitter. Después ya empecé en Atorrantes y me metí en el mundo de la tele.
-¿Cómo fue el salto a la TV?
-El trampolín fue que yo hacía magia. En las redes me hice amigo de Korol, que era fanático de Tangalanga como yo, e hicimos un sitio web en homenaje. Empecé con Adrián a trabajar como productor en un teatro a cambio de hacer un show de magia en la obra. Su hermano Diego ya era estrella de Videomatch y fui de meritorio de producción de sus notas. El productor de Diego era el Chato Prada. Era 1996 y Pato Galván estaba buscando gente para su proyecto y ahí me mando, como asistente de producción de Atorrantes. Después al tiempo fui productor y notero.
-Empezaste bien de abajo y con Atorrantes tuviste mucha repercusión, los viajes, el pelo verde. ¿Qué pasó después?
-Durante varios años hice el trabajo de productor en oficinas, documentales, de todo. Hasta que en 2009 llega Justo a Tiempo (conducido por Julián Weich). Pero yo tenía el sueño de conducir un programa propio y el año pasado lo conseguí. Trabajo en televisión hace 16 años e hice todas las inferiores: meritorio, asistente de producción, productor, notero, productor ejecutivo, columnista y finalmente, conductor. Quiero ser un gran conductor.
-¿Que se necesita?
-Conexión con la gente, ser autentico, que la gente te crea y sepa quien sos. Mi referente es Julian Weich, porque maneja muy bien el humor y la espontaneidad. La gente lo quiere. Nunca dice nada que no quiere decir y es muy consecuente con su carrera. Otros que me gustan son Mario Pergolini y Nico Repetto. Rescato también a Juan Alberto Mateiko y a Badía, porque manejaban todos los géneros, sabían a quienes entrevistaban. De afuera me gusta Jimmy Kimmel y Howard Stern.
Nos ponemos a hablar de juegos electrónicos de los ´80 y saltan una gran cantidad de recuerdos y anécdotas. “Lo que pasa con los juegos en la gente de mi generación es que si sabés de lo que estoy hablando, acordamos en algo clave de nuestra infancia. Es una experiencia compartida que en aquella época no se podía compartir porque no habia tanto contacto como hoy con las redes sociales. Mirá, voy a preguntar si alguien jugaba al Emilio Butragueño”. Fierita toma su celular y pregunta en Twitter, lo que genera una inmediata catarata de respuestas nostálgicas.
-La velocidad de Twitter impresiona…
-Sí, es un medio fascinante. Me muestra otras aristas de gente que yo creía conocer, los muestra más humanos. Y además me dio muchos amigos. Mi equipo de trabajo en la productora de contenidos nació de twitter, incluso “Capitán Intriga” (Tomás Balmaceda, que participa en Hiperconectados) y muchos otros. Cuando me aburro voy a Twitter y los leo a todos, sigo a dos mil y pico.
-¿Cómo ves la Internet actual?
-Soy apocalíptico. Creo que ya vivimos lo mejor de internet y de acá en adelante vamos a tener cada vez más restricciones de las corporaciones. Siempre digo medio en chiste y medio en serio que Internet es un error de la matrix. Vamos hacia un esquema mundial de intentar controlar la Web: leyes como SOPA, PIPA, Sinde en España, el desastre que hicieron con Megaupload. Los viejos actores de poder no se bancan no mantener su status quo. No soportan que José Pérez puede tener miles de seguidores e influir más que sus empresas de millones de dólares. Ojalá me equivoque, pero veo un esquema de control muy fuerte. A veces tengo esperanzas en la misma tecnología y en los verdaderos hackers, que son el faro y la luz al final del túnel.
-Pero si bien tenés un fuerte anclaje en lo retro, no comulgás con aquello de que todo tiempo pasado fue mejor…
-No, en absoluto. En los juegos, creo que si comparás un juego viejo con el GTA, me quedo con el GTA toda la vida. Los juegos de Spectrum eran poéticos, pero los gráficos eran muy malos. Ahora tenés muy buenas historias, como Uncharted o God of War. Yo lloré cuando terminé God of War! Te lo digo de verdad, lloré. Por suerte mi vieja no lo sabe.
-Y ultimamente surgió el tema de la privacidad y los peligros. ¿Qué debe hacer una persona para protegerse de un stalker?
-Hay una sola técnica efectiva para evitarlos: no usar Internet. Fuera de eso, lo que se puede es cuidarse de no dar información de más. Si te morís de ganas de contar el nuevo bar que descubriste, no hace falta contarlo cuando estás ahí. Hoy la naturaleza de las redes sociales es la de compartir en tiempo real, pero quizás lo ideal sea elegir qué compartir y, en el caso de Facebook, compartir haciendo grupos ordenados por grado de confianza.
-¿Y los videos íntimos “robados” a diferentes famosos?
-Si se trata de personas públicas la seguridad nunca es suficiente. Lo único seguro es no grabarte. Pero si tenés muchas ganas de verte en el televisor teniendo sexo lo más aconsejable es usar la salida de video de una cámara y el televisor como monitor, sin grabar. Pero creo que gran parte de la fantasía de tener un video hot es correr el riesgo de que alguien lo vea.
Revista Viva, marzo de 2013
18 de marzo de 2013
Filosofìa y Lògica: El rol de la Filosofìa.
¿Dónde está la gran filosofía?
La filosofía ha desertado de su misión de proponer un relato totalizador a la sociedad.
La Universidad se ha quedado sin iniciativa.
La orfandad teórica ha permutado en la historia o la crítica a la modernidad.
Este artículo no es un artículo sino un telegrama que mando a los lectores. No caeré en la tentación de agotar el limitado espacio disponible con nombres de filósofos y títulos de libros. Citaré sólo unos pocos para ilustrar la tesis principal. Y no mencionaré a los españoles porque a todos me los encuentro en el ascensor. Y no porque hubiera decir de ellos cosas poco amables. Todo lo contrario: es una desconcertante paradoja que la ausencia de gran filosofía coincida en el tiempo con la generación de profesores de filosofía más competente, culta y cosmopolita que ha existido nunca, al menos en España, y yo ante ellos, de los que tanto he aprendido, me descubro con admiración. En todo caso temería encontrarme en el ascensor sólo a los no citados.
1 La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
La filosofía se asemeja a la ciencia en que, como ésta, su instrumento de trabajo son los conceptos. Pero los conceptos de las ciencias empíricas son verificados en los laboratorios o los experimentos. En cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas de Platón. Si volvemos a Platón una y otra vez no se debe a que la verdad de su filosofía haya sido validada empíricamente sino a que su lectura sigue siendo de algún modo significativa. En esto la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que manufactura un relato veraz —aunque inverificable— para el lector.
El filósofo produce textos que han de persuadir, de seducir, y en este punto, no se diferencia en nada del literato
Esta función retórica de la filosofía es algo que, por desgracia, ha ido echando al olvido la filosofía contemporánea acaso por el vano achaque de querer parecerse a la ciencia. Los dos últimos libros de filosofía realmente influyentes, Teoría de la justicia de Rawls (1971) y Teoría de la acción comunicativa de Habermas (1981), son ambos piezas literariamente muy negligentes, áridas, técnicas, secas y demasiado prolijas, que reclaman un lector especializado y muy paciente dispuesto a acompañar al autor en todos los tediosos meandros intermedios que preceden a las conclusiones, ciertamente susceptibles de ser presentadas con mayor claridad, brevedad y atractivo. Lejos quedan los tiempos en que los filósofos —Russell, Sartre— merecían el premio Nobel de Literatura.
2 Un genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de muchos elementos heterogéneos y aun contrapuestos. Además, debería estar dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un contexto histórico concreto, siempre pretende tener validez para todos los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede relativizado por otros posteriores de signo opuesto. Por último, el ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión superior de lo humano que despierta en quien la contempla un deseo natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su falta de éxito histórico-social por razones que pueden ser circunstanciales.
La tesis aquí defendida dice que, en los últimos treinta años, la filosofía contemporánea ha desertado de su misión de proponer un ideal a la sociedad de su tiempo, el ciudadano de la época democrática de la cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de la gran filosofía, la universidad, se ha quedado sin iniciativa en estos tres últimos decenios. La esplendorosa universidad alemana, otrora a la vanguardia del pensamiento europeo y fuente incesante de nuevos sistemas filosóficos, ha dado muestras preocupantes de pérdida de creatividad. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento, cultivados por esos mismos académicos doblados de divulgadores o por periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad económica, política, social, moral o sentimental, oportunamente confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario, no versado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo generalista y la industria editorial, dispuesta a explotar a escala global la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio. En esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la cultura, la industria editorial de Estados Unidos ha sido pionera y extraordinariamente potente; allí es aún más marcada que en Europa la separación entre la sociedad y la universidad, la cual, replegada en su campus, propende al especialismo extremo. Por lo que a la filosofía se refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo —en un giro que denunció Allan Bloom en su resonante The Closing of American Mind (1987)— por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos de suyo a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño.
La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana ha sido sustituida por ensayos
de entretenimiento
3 En ausencia de gran filosofía, lo que con el nombre de filosofía encontramos en estos últimos treinta años se compone de una variedad de formas menores que serían estimables y aun encomiables si acompañaran a la forma mayor pero que, sin el marco comprensivo general que sólo ésta suministra, acusan la insuficiencia de dicha orfandad teórica.
La primera de estas formas se hallaría representada por la filosofía que hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la filosofía se permuta por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta, mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo vicario de filosofar. Es filosofía, incluso buena filosofía, pero no gran filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y normativa, de una imagen del mundo completa y unitaria. En el ámbito académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como hicieron los clásicos del pensamiento, sino sólo, precisamente, a través de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber pensado. Todo está ya escrito, nada realmente nuevo cabe decir. No se trata ya de hablar de la vida, sino sólo de libros que hablaron de la vida: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin.
Esta aproximación revisionista se torna programa en el “posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy llenan los anaqueles de las bibliotecas universitarias —tanto como escasean en las bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela— y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis, el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el poscolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la abundante bibliografía de Peter Sloterdijk.
La consciencia nos hace libres, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general
Cercana a esta forma de filosofía y a veces indistinguible de ella estaría esa literatura, hoy todo un género, que pronuncia una solemne sentencia condenatoria contra la modernidad en su conjunto. Como es evidente que la sociedad democrática, al menos en el último medio siglo, ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano sin parangón con tiempos anteriores, la actual filosofía hermenéutica heredera de Nietzsche-Heidegger, por un lado, o aquella de raíz marxista en la estela de Dialéctica de la Ilustración de Adorno-Horkheimer, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, por otro, creen adivinar unos fundamentos ideológicos ocultos que estarían alienando taimadamente al ciudadano sin que éste lo supiera y, contra todas las apariencias, restituyéndolo a la antigua condición de súbdito. El Holocausto judío es traído al centro de la meditación filosófica como prueba del fracaso definitivo del proyecto moderno y hay quien como Giorgio Agamben —en su trilogía Homo sacer— se atreve incluso a proponer el campo de concentración nazi como paradigma del espíritu de las democracias contemporáneas. En el delta de esta impugnación total de la modernidad desembocan por igual, afluentes procedentes de la derecha y la izquierda, hermeneutas como Gianni Vattimo, fundador del “pensamiento débil”, y críticos posmarxistas de las ideologías como Antonio Negri, autor (con M. Hardt) de Imperio (2000). No raramente, la crítica a la modernidad adopta la modalidad de denuncia de un sistema capitalista que convertiría al ciudadano en consumidor enajenado, mayormente por culpa de las multinacionales, cuyas estrategias de dominación analiza Naomi Klein en No logo (2000). Escritos antisistema del prestigioso lingüista Noam Chomsky alimentan de contenido panfletos y libelos producidos por activistas y movimientos antiglobalización, algunos de gran difusión.
A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Bauman) o una sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres (Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock, Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992); también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o Judith Butler han llevado a una segunda madurez.
El vacío dejado por la gran filosofía y por sus propuestas de sentido para la experiencia individual es llenado ahora por ensayos de corte existencialista de un estilo muy francés: Luc Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Onfray, Comte-Sponville. En una línea cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido, a veces, en nombre de una utopía
4 La tesis era que en estos últimos treinta años no ha habido gran filosofía por la deserción de su misión histórica consistente en proponer un ideal. Varios factores culturales parecen haber conspirado para causar este resultado deficitario.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en La obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los llamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, posindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo.
La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo.
Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático… y hacerlo además con buen estilo.
Javier Gomá Lanzón. (El Paìs, marzo de 2013)
26 de febrero de 2013
Filosofìa de la Ciencia y de la Tècnica: El mètodo cientìfico
Kant y el método científico
El método científico es un camino que se materializa en una serie de reglas a partir de las cuales se intenta descubrir una verdad que se ignora, unas reglas que en –expresión de Descartes– son de investigación o de descubrimiento, y se manifiestan de manera independiente de la particular capacidad intelectual del que las aplica.
No se descubre nada al afirmar que el concepto y las características del método científico son dos de las cuestiones “clave” en la evolución de la ciencia durante bastantes siglos de pensamiento, ya que las fases y reglas comentadas se ordenan según el problema planteado, la fijación de hipótesis (suposiciones de las que se obtienen consecuencias) con su correspondiente corroboración, así como a través de la elaboración de leyes (relaciones constantes e invariables entre los hechos), de teorías (con las que se relacionan las leyes y son explicadas) y de modelos (que buscan la explicación simplificada de las teorías, generalmente en forma deductiva, inductiva o analógica).
Desde este breve planteamiento inicial se puede bucear, también con brevedad, en las tradiciones que han intentado explicar los llamados “conocimientos verdaderos”. Por un lado contamos con la “tradición deductiva”, inspirada en Aristóteles, mediante la cual la forma de alcanzar la verdad consistía en partir de unas premisas ciertas que recogieran la esencia de un ser o fenómeno, para llegar, por deducción lógica a una conclusión también cierta. Este proceso de abstracción mental, que da como fruto la formulación de unos axiomas o principios evidentes en sí mismos, a partir de los que se procede a enunciar una teoría gracias a un razonamiento lógico, en definitiva a una serie de leyes, teoremas o proposiciones, sienta las bases del posterior “racionalismo” de Descartes. Su método es deductivo porque el conocimiento científico comenzaba con la intuición clara y distinta de esencias o naturalezas simples, como la figura, la extensión o el movimiento, de cuyas ulteriores interrelaciones puedan luego deducirse teoremas y corolarios complicados. La influencia de este método fue patente en Espinoza, Leibniz y Wolff, entre otros.
La segunda tradición significativa la constituye la “inducción empírica”, con vestigios también en la Grecia clásica y gran expansión en el siglo XVII, y con ella se alude al proceso de observación de los hechos sucedidos en la realidad con el fin de proceder al enunciado de una teoría, método asociado al filósofo inglés Francis Bacon. Para este, el hombre de ciencia debe observar pacientemente la realidad y recoger innumerables ejemplos sin pretender anticiparse apriorísticamente a la naturaleza, o generalizar demasiado pronto; hasta que, por la misma fuerza de los hechos, una inducción progresiva fuera poniendo de manifiesto las concomitancias de los fenómenos y, en definitiva, las leyes de los mismos. La influencia de este método fue patente en Hobbes, Locke y Hume.
La tercera tradición, “escéptica”, prácticamente tuvo defensores desde el principio a raíz del enfrentamiento entre el racionalismo y el empirismo, con David Hume a la cabeza. La “duda sistemática” o escepticismo metafísico lleva el deductivismo al absurdo, con lo que si la verdad se transmite por el razonamiento y no necesitamos para nada de la observación, entonces sólo podemos estar seguros, si acaso, de la realidad de nuestro pensamiento, pero no de la del mundo; y si nuestras inducciones sobre causas y efectos se basan en que el futuro va a ser igual al pasado, y nuestras expectativas no son en el fondo más que sensaciones subjetivas de probabilidad, entonces seremos esclavos de la última sorpresa o capricho de la naturaleza.
Será Immanuel Kant el que lleve a cabo la reconciliación entre ambas posturas, mediante una “síntesis” del racionalismo y el empirismo. Kant planteó la llamada “paradoja de la ciencia empírica”, al dudar de una metodología que sólo fuese empírica, ya que tal paradoja vendría a decir que la dinámica de Newton va, por esencia, más allá de todas las observaciones. Es universal, exacta y abstracta; ha nacido históricamente a partir de los mitos y podemos mostrar, por medios puramente lógicos, que no puede ser derivada de enunciados de observación. Ante ello Kant considera que el entendimiento no recibe leyes de la naturaleza, sino que las que descubre en la naturaleza son leyes que el propio entendimiento ha puesto a priori. Es la teoría la que decide lo que puede, o no, observarse; es decir, sólo creemos conocer una cosa mediante la razón cuando tenemos consciencia de que habíamos podido conocerla incluso si no se nos hubiera ofrecido en la experiencia; así conocimiento racional y conocimiento a priori son cosas idénticas. Esta idea kantiana tiene sentido gracias a la diferencia que este filósofo realizó entre las “verdades de razón” (que se consiguen por juicios analíticos basados en una actividad intelectual lógica) y las “verdades de hecho” (que se consiguen por juicios sintéticos logrados con la observación y la experimentación). Con ello el conocimiento de la realidad evoluciona con la ayuda de las verdades conferidas por la razón, es decir, con la capacidad lógico-deductiva del observador.
Justo Sotelo, Diario Progresista, España, Febrero de 2013
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